| DeSgU |
| Escritor de la Pluma Dorada |
|
|
 |
| Registrado: 19 May 2006 |
| Mensajes: 20 |
| Ubicación: Asturias |
|
|
|
|
|
 |
 |
 |
|
Cuando me acosté aquella noche, me sentía realmente nervioso. Al día siguiente me aguardaba la selectividad, posiblemente el examen más importante al que me había enfrentado jamás. Me sentía realmente extraño y había tardado en dormirme. Mientras me mantuve sobre mi lecho con los ojos abiertos, sin poder conciliar el sueño, cada segundo que pasaba daba lugar a un apaciguamiento de mis nervios. Aunque mi tranquilidad iba sensiblemente en aumento, no conseguía deshacerme de esa extraña sensación, una mezcla entre cansancio, desgana e incluso dolor que me invadía. Supuse que todo aquello sería efecto de todos los medicamentos y antidepresivos que me había suministrado a lo largo de aquella interminable jornada. Los antidepresivos habían sido posiblemente innecesarios, pero no podía arriesgarme. No quería que la imagen de aquella mujer invadiese mi mente en aquel día crítico: no podía arriesgarme a que, además de arruinar mi presente, pudiese también poner en peligro mi futuro. Era consciente del poder de aquellos ojos verdosos. No iba a permitirme caer de nuevo en aquella trampa.
Apagué las luces, no sin antes haber repasado los temas más importantes de Filosofía con los que esperaba tener que enfrentarme en menos de doce horas. Notaba mis ojos cansados, con unos párpados que me pesaban más que nunca. Jamás los músculos de mi cuerpo agradecieron tanto la dulzura del colchón. A pesar de todo, cuando la oscuridad invadió hasta el último rincón de mi cuadrado de la anarquía, mis ojos continuaron abiertos. Algo me impedía pegar ojo. Fuesen los nervios o fuese lo que fuese, tenía que conseguir vencerlo. Extendí mi brazo izquierdo desde mi cama hasta el interruptor de la luz. Me hice con un frasco de somníferos e ingerí uno de ellos. Al rato me di cuenta de que no surtía el efecto deseado. Lo peor comenzó a suceder: en la oscuridad de mi cuarto comenzaron a aparecer aquellos bellos ojos color esmeralda, aquellos cabellos de oro, aquella graciosa figura y aquella grave voz que yo ya no quería volver a oír jamás. Cogí de nuevo el frasco y numeroso somníferos, no recuerdo exactamente cuantos, y me los llevé a la boca en un acto mezcla entre desesperación y rebeldía ante mi destino. Y simplemente esperé a que todo se calmase. Continué viendo aquel rostro, aquel cuerpo junto al mío... continué rememorando el pasado, llegando incluso hasta romper en un llanto ya habitual. Hasta que, periódicamente, mi cuerpo pareció rendirse. La reacción no fue la que esperaba. El cansancio aumentó, y en consecuencia el insomnio desapareció. Pero mis nervios y aquel extraño dolor que sentía en mi interior se fueron incrementando poco a poco. Aún así, logré dormirme.
Cuando me desperté, me sentía tan reconfortada que me sobresalté. Pensé que quizás habría dormido demasiado y llegaría tarde a mi examen. Ya no tenía sueño, el dolor se había esfumado y los nervios habían dejado su lugar a una extraña calma. Me sentía como hacía meses que no me había sentido. Me desprendí de las sábanas que habían preservado mi cuerpo del frío nocturno y me incorporé, aún sin salir de la cama. Bostecé y estiré mis extremidades para terminar de desperezarme. Cuando lo hube hecho estiré mis manos hacia la mesita de noche en busca del despertador. No necesitaba encender las luces: podía encontrar cualquier objeto en mi cuarto valiéndome simplemente del tacto. Los nueve años que ya llevaba ocupando aquella habitación contribuían a ello. No obstante, me sorprendí al no encontrar nada que contactase con mi mano derecha. Me extrañé. Estiré entonces mi brazo zurdo buscando hallar el interruptor en la pared que estaba a escasos centímetros del límite del rectángulo de mi cama. Tampoco hallé el frío tacto del que el invierno había provisto a las paredes. Me incorporé ya más súbitamente, estirando más mi cuerpo para que mis brazos pudiesen tantear unos centímetros más lejos. El resultado fue el mismo. Comencé a intranquilizarme. Todo aquello era realmente extraño. ¿Me habría desorientado, o algo semejante? No tenía sentido. Mi cama no podía haberse movido por sí misma. Mi corazón comenzó a acelerarse de forma progresiva. Me desenredé de las últimas sábanas que aún cubrían mi cuerpo, me giré y me quedé sentado dispuesto a abandonar mi lecho.
Mis pies entraron en contacto con el frío suelo de madera de la estancia. Rodeé mi cama sin dejar de mantener mis manos sobre ella, buscando que algo frenase mi avance, ya fuese la mesita o la pared. Pero nada me obstaculizó. Miré alrededor buscando una franja de luz bajo la puerta o cualquier resquicio de sol que pudiese colarse a través de la ventana. Ni in solo rayo: la oscuridad era total. Me mantuve quieto durante varios minutos, tratando de percibir cualquier mínimo sonido que pudiese aclararme algo. Aquello no podía estar ocurriéndome. ¿Dónde diablos estaba? Decidí comenzar a andar en línea recta hasta tropezarme con algo. Quizás así lograse situarme. Comencé a caminar sin girar mi cuerpo, como si estuviese avanzando manteniendo el equilibrio sobre una soga. Cuando había dado tan solo unos pasos, comencé a oír ruidos extraños. No pude distinguir de dónde procedían exactamente. En primer lugar escuché pasos regulares que parecían acercarse a mí por detrás. Mi respiración se aceleró, pero al rato los pasos cesaron y dieron lugar a sonidos más suaves, pero no así tranquilizadores. Era como si algo estuviese rozando el suelo o alguien estuviese arrastrándose a través de la madera. Decidí continuar avanzando a pesar de todo y aligeré el paso. El estruendo de un objeto de vidrio al hacerse añicos que parecía provenir de mi derecha me hizo detenerme de nuevo. Un frío terriblemente gélido invadió mi espalda y me provocó un escalofrío. Comencé a sentir la fuerte opresión en el pecho que siempre me afectaba cuando los nervios comenzaban a poder conmigo. Me pareció escuchar una respiración acelerada a mi derecha y sentí entonces que no estaba solo en aquel lugar. Aceleré aún más mi paso y me mentalicé: escuchase lo que escuchase, no volvería a detenerme. Nada frenaría mi avance. Los extraños sonidos aún continuaban. Llevaba ya unos cinco minutos caminando en línea recta. Aquello no podía estar pasando. Me hallaba como en un pozo sin fondo. Un grito femenino espeluznante frente a mí me sobresaltó. Mi ansiedad era ya insoportable. Fue la gota que colmó el vaso. Estallé y me dejé llevar por mis impulsos, dejando casi de lado la razón. Me di la vuelta y comencé a correr en dirección contraria, desde donde venía, buscando volver al menos a mi cama. Mi respiración el latir de mi corazón aumentaban su ritmo a causa también del cansancio. Pocas veces había corrido con tanta intensidad. Comencé a escuchar voces que susurraban mi nombre, risillas burlonas a mi alrededor, sonidos de campanas, de viento, de tormenta... pero no me detuve hasta que mis piernas no pudieron más y cedieron. Caí al suelo exhausto, boca arriba. Los sonidos no habían cesado. Sobra decir que no conseguí llega de nuevo a mi cama. Mientras mi pecho ascendía y descendía al compás de mi respiración, intente hacerme en mi mente una idea de todo lo que podía estar ocurriendo a mi alrededor. Pero nada de aquello podía obedecer a la lógica.
No sé cuánto tiempo llevo aquí ya. Días, quizá meses, recorriendo un camino interminable. No tengo hambre. No tengo frío, ni calor, ni nunca tengo sueño. No siento nada... excepto miedo. Y no es por esos terroríficos gritos que surgen de mi alrededor y por los enigmáticos sonidos que no dejan de atormentarme. Tengo miedo: miedo de lo que haya podido pasarme en realidad. Porque sé que éste viandante que transita entre las sombras, éste que en la oscuridad ha encontrado ya un nuevo hogar... Yo sé que éste no soy yo.
by:DeSgU |
|