| DeSgU |
| Escritor de la Pluma Dorada |
|
|
 |
| Registrado: 19 May 2006 |
| Mensajes: 20 |
| Ubicación: Asturias |
|
|
|
|
|
 |
 |
 |
|
Me incorporé. Abrí los ojos, poco a poco para acostumbrarme a la gran claridad. La última vez que había visto aquel cielo, éste parecía prever lo que iba a ocurrir: abundantes nubes ennegrecidas fueron testigos de todo. Comenzaba la tarde a morirse en una puesta de sol que pasó inadvertida para casi todos nosotros. Quizá teníamos demasiadas cosas en las que pensar.
Pero en aquel instante el sol brillaba bien alto, poderoso, dominante, sobre el valle. Todo parecía tranquilo, de hecho apenas había viento. Solo a veces llegaba hasta mi resguardada posición alguna que otra insoportable llamarada de Eolo. El silencio era casi total, solo quebrantado por el canto aislado de algún pájaro o el torpe vivir de determinados insectos. Respiré profundamente, soportando el consiguiente dolor. En aquellas circunstancias ya me esperaba aquella punzada. Giré mi rostro, primero hacia mi derecha y después a la izquierda. Una densa nube de polvo flotaba en aquel lugar. Podían apreciarse numerosas siluetas yaciendo en el suelo inmóviles. Sobre mi hombro izquierdo descansaba una débil mano. Me volví y me encontré con el cuerpo de Dennis abrazado al mío. Su rostro estaba lívido y sus labios y párpados comenzaban a adoptar un color ligeramente violáceo. Alargué con dificultad mi zurda hacia su cuello y comprobé con desesperación que no tenía pulso. Como él, estarían probablemente todos los demás. Giré mi cuerpo, controlando el grito de dolor que habría ahogado. Todo se quedó en un gemido mucho menos audible. Me hice con aquella brújula que colgaba de su cintura y que él me había ordenado llevar conmigo siempre en caso de que perdiese la vida. Pesaba bastante y diría que era de plata de ley. En la parte posterior había una pequeña foto sujetada por un diminuto y ya oxidado gancho. En ella podía observarse a una mujer joven con suaves facciones y cabellos rizados. A su lado, un crío mostraba una forzada sonrisa que dejaba a la vista cada uno de sus irregulares dientes. Por último, un hombre calvo y tosco sujetaba a otro chico, cuyos rasgos se asemejaban a los del otro, pero mostraba un semblante más serio. Frías lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas. Extraje del bolsillo de mi uniforme una fotografía similar, clavando mis ojos en aquel chico risueño y sonriente. Aquel al que ya jamás volvería a ver, como a ninguno de los demás.
Aquellos cabellos lisos y rubios... A pesar de que el color no era apreciable en la nueva fotografía que ya observaba, aún podía acariciarlos cada noche, aunque ella no estuviese a mi lado. Aquellos ojos oscuros se veían tan penetrantes como en realidad lo eran. Lucía una expresión serena, nada habitual en ella. Yo siempre la recordaba con aquella sonrisa que me había cautivado. Pero, realmente, no creía que en aquellos instantes ella estuviese sonriendo, sobre todo porque la última imagen que recordaba de ella eran unos ojos brillantes y un rostro empañado en lágrimas, un cuerpo erguido, ella alzando su diestra en señal de una despedida nunca definitiva, pero que finalmente si iba a ser tal. Pasé mi dedo índice, sucio y ensangrentado, por su rostro de papel en blanco y negro. Quizás fue algo inconsciente, o quizás solo o hice buscando que el viento pudiese llevar mis caricias hasta aquella tersa y pálida tez.
Mi respiración se aceleraba por momentos. Giré a duras penas mi cuerpo para mirar hacia el otro lado de la trinchera. Los rayos de sol actuaban sobre la nube de polvo que aún cubría el lugar, creando un efecto óptico que en cualquier otra circunstancia me habría resultado bello. EL ambiente era desolador: cuerpos inertes sobre el suelo, numerosos charcos de sangre, gritos agónicos en la distancia y el sonido de alguna ametralladora que se negaba a aceptar la inminente derrota definitiva. Yo ya lo había hecho, y entonces pasaron por mi mente todos aquellos rostros desencajados, sudorosos y cubiertos de lágrimas, con los ojos cerrados para no ver su final destino, gritando de forma agónica una súplica y una piedad a Dios que ya sabían imposible. ¡Habían caído tantos, muchos de ellos pobres inocentes, frente a mí! Y recordé los primeros días, cuando me remordía la conciencia con cada bala. Pero el inmenso poder del tiempo había terminado por agotar mi conciencia, convirtiéndome en una persona insensible y despreciable para muchos. Ya me había acostumbrado al ensordecedor sonido de los morteros, a que la sangre ajena salpicase mi rostro en cada ejecución, al dolor de una herida de bala...
Giré mi cabeza hacia el rostro, ensangrentado y lívido, de mi hermano Dennis y paseé mi mirada, empañada por las lágrimas, por los cuerpos de todos los demás, muchos de ellos ya muertos. ¡Eran tantos amigos con los que ya jamás volvería a convivir! Entre ellos, bastardos y sanguinarios, pero también gente que, como yo, simplemente había sufrido un lavado de cerebro. Era gente a la que sí merecía la pena conocer. Ahora me daba cuenta. Dejé caer mi mirada hacia la foto de mi familia y la de mi chica... Era increíble todo lo que la guerra me había quitado: amigos, familia, amor, personalidad... Y por el contrario no me había dado nada. No me arrepiento de haber dejado todo lo que más quiero por venir hasta aquí a luchar por mi patria. No puedo. Fui obligado a hacerlo. Pero no he obrado correctamente. Si no hubiese venido, me habrían matado de todas formas, pero me habría ahorrado las muertes de tantas personas de las que mi fusil es testigo. Al fin y al cabo, quizá merezco éste fin.
Sostengo mi estómago hasta que cesan las arcadas. Con la manga de mi uniforme limpio la sangre de mi boca. Con la zurda, sigo tratando de taponar la herida mortal en mi pecho para retrasar la hora de mi muerte. Pero mis vómitos de sangre son cada vez más frecuentes y respirar es más difícil cada minuto que pasa. Sé que ya falta poco para mi final, y no tengo miedo. Pronto perderé la conciencia, quizás para no volver a recuperarla. Ojalá. Ya he vivido bastante. Solo voy a pedir una cosa: A pesar de éstas letras que puede que alguien lea, yo solo pido que no se me recuerde. Yo no he existido jamás.
Stalingrado, Septiembre de 1942
 |
|